Guerra en los bosques de Honduras

Fellows Fall 2006

By Eva Sanchis

June 02, 2009

Award Winner

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Padre Andres Tamayo

Padre Andres Tamayo

Salamá, Honduras — Mientras el padre Andrés Tamayo se pone la sotana para dar la misa, un grupo de soldados con rifles M16 toma posiciones en la pequeña iglesia colonial.

Una vez en el púlpito, el menudo cura de Salamá fustiga a los taladores ilegales ante una feligresía de campesinos que se ha acostumbrado a verlo con la escolta militar que le puso el gobierno el año pasado.

“Yo me encomiendo a Dios todos los días como si fuera mi último día”, dice Tamayo, de 50 años. “Pero no voy a dejar de luchar porque obedezco a mi conciencia de justicia y de verdad, y si me llegara la muerte, cumplí con Dios y cumplí con el pueblo”, asegura el cura, quien fue monaguillo de Monseñor Romero, el sacerdote salvadoreño que alcanzó notoriedad por defender a los pobres y los derechos humanos, y fue asesinado en 1980.

Desde el 2001, Tamayo ha liderado un movimiento campesino contra las madereras que explotan ilegalmente Olancho, un departamento oriental con una superficie similar a la de la vecina república de El Salvador, y que a pesar de tener más de 1.5 millones de valiosas hectáreas forestales, es uno de los más pobres, con más de dos tercios de su población viviendo con menos de $1 diario, según datos de Naciones Unidas.

Honduras perdió un 35% de sus bosques (2.5 millones de hectáreas) entre 1990 y 2005, según la Organización de las Naciones Unidas para la Agricultura y la Alimentación (FAO), principalmente por la tala ilegal de pino y maderas preciosas destinadas en su mayoría a Estados Unidos y El Caribe. Tamayo, que estima que Olancho ha perdido más de la mitad de sus bosques durante ese periodo, viajará en junio a Washington para respaldar un proyecto de ley en el Congreso de EE.UU. que busca combatir la importación de madera ilegal.

La tala indiscriminada ha puesto la región al borde de un conflicto armado. Nueve ambientalistas han sido asesinados en la última década, según la Fiscalía Especial de Derechos Humanos, que pidió ayuda este año al Buró Federal de Investigaciones (FBI) para esclarecer estos asesinatos.

Las últimas muertes ocurrieron en diciembre, cuando dos ambientalistas fueron asesinados (supuestamente por unos policías, “estilo ejecución”) en un pueblo cercano a Salamá, según un informe de Amnistía Internacional.

Sandra Ponce, la fiscal especial de Derechos Humanos, cree que los policías “actuaron por encargo” de las madereras que operan en Olancho.

Tamayo, quien en el 2005 recibió el Premio Goldman, también conocido como el Nobel Ambiental, dice que le han dado tres ultimátums para abandonar Salamá y en el 2003 los madereros pagaron $40,000 a un sicario que no tuvo el valor de matarle y le confesó el plan.

“El vino como a quererse confesar, pero le vi extraño. Y me dijo: No me tenga miedo. No vengo a matarle, sino a avisarle”, recuerda el padre.

Fiscales temen por su vida

Los fiscales y los periodistas que cubren el conflicto dicen que también temen por sus vidas.

En su oficina de Tegucigalpa, la capital, donde guarda dos pistolas y una subametralladora, el fiscal de Medio Ambiente Aldo Santos confiesa que tiene miedo a que lo ejecuten: “Sí, me da miedo. Por lo general andamos armados, es parte de nuestro trabajo”.

Enrique Flores, ministro asesor de la Presidencia, dice que las muertes de ambientalistas “preocupan al gobierno”, pero éste no tiene previsto ampliar la escolta a otros seguidores del padre, como reclama la Comisión Interamericana de Derechos Humanos (CIDH).

Algunos seguidores del cura, conocidos también como tamayistas y quienes integran el Movimiento Ambientalista de Olancho (MAO), creen que en cuanto el gobierno le quite la escolta, los madereros asesinarán al padre y hablan de crear una guerrilla si algo le pasa.

“Sería feliz muriendo por una causa justa”, afirma Santos Efraín Paguada, quien dice que se sumó a la lucha cuando comenzaron a secarse sus cosechas de frijoles y maíz por la falta de agua. “Al principio no teníamos conciencia; andábamos ahí porque andaba el padre. Luego sentimos el impacto y que era algo propio de nosotros”.

Pío Voto, presidente de la Asociación de Madereros de Honduras (AMADHO), culpa a los pequeños madereros clandestinos de la tala ilegal y acusa a los ecologistas de exacerbar el conflicto y de provocar pérdidas de miles de dólares a esta industria, que exporta al año más de $46 millones en productos a EE.UU. y El Caribe, según la agencia forestal Cohdefor, que regula la explotación de los bosques desde los años 70.

“Es mentira que los madereros quieran matar a Andrés Tamayo”, asegura Voto en su despacho forrado de pino en Tegucigalpa. “Hay una fuerte campaña, pero es en contra de la industria”.

Madereras en la tala ilegal

Investigaciones de la Fiscalía de Medio Ambiente de Honduras y otras instituciones hondureñas han implicado a las grandes empresas madereras en el tráfico ilegal mediante la participación en subastas amañadas, la alteración de facturas, los sobornos, el tráfico de influencias para lograr acuerdos ventajosos o la compra de madera ilegal.

Un informe del 2005 de la Agencia de Investigación Ambiental (EIA), una ONG que investiga delitos ambientales en todo el mundo, documentó cortes ilegales en Olancho por estas madereras, algunas en parques protegidos.

“Las grandes madereras están totalmente implicadas en la tala ilegal”, asegura Andrea Johnson, una de las investigadoras de EIA.

El tráfico ilegal está tan enraizado en la economía del país que políticos, agentes forestales, fiscales y policías corruptos permiten que gran parte de la madera extraída sin permiso sea “legalizada”, según EIA, y llegue a EE.UU., transformada en palos de escoba, estacas de tomate y otros productos. EIA estima que las madereras de Honduras exportan el doble a EE.UU. de lo que oficialmente declaran en su país.

Ramón Álvarez, gerente de Cohdefor, enfrentada a los ecologistas, cree que la tala ilegal no es tan extensa como dicen éstos, y asegura que el problema con las grandes empresas madereras es que suelen incumplir las normas forestales.

“Desde 1992, en Honduras existe la obligación de que toda área de pino que se corta tiene que estar regenerada tres años después. En EE.UU. existe una condición casi igual. La diferencia es que en EE.UU. se cumple y en Honduras, no”, afirma.

El empobrecimiento y la militarización del campo son la parte más trágica del conflicto. El año pasado, el gobierno despachó a 2,000 soldados para evitar derramamientos de sangre en los choques, cada vez más frecuentes, entre los campesinos y las madereras.

El movimiento ecológico campesino ha crecido debido al descontento en las zonas rurales. Los taladores, usualmente reclutados de otros pueblos, cobran unos pocos centavos de dólar por talar un pino que ha tardado 20 años en madurar. La explotación recae en unas pocas madereras: cuatro empresas acaparan el 75% de la producción, según datos de Cohdefor.

“Vas a esas comunidades, donde el bosque es su principal riqueza natural, pero son municipios pobres, postergados, aislados, que expulsan a una gran cantidad de gente a Estados Unidos”, asegura el ex diputado Efraín Díaz.

La tala en Salamá y alrededores, prohibida por el gobierno desde el 2006, amenaza la cuenca del Río Telica, de la que dependen más de 43,000 personas, afirman los campesinos ecologistas, en una región que hace cuatro décadas era conocida como el “granero de Centroamérica” por su riqueza agrícola.

El padre Tamayo, que desde hace ocho años sólo come de lo que le da el pueblo por “una promesa que le hice a Dios”, dice que el hambre ha aumentado entre su feligresía. “Carne ya casi no hay”, explica, y señala unos paquetes de “corn flakes” sobre el refrigerador de su cocina que califica de “privilegio”.

Tamayo asegura que inició su lucha en el 2000 cuando vio cómo un campesino iba a ser enterrado en una bolsa plástica, sin ataúd de madera, en un pueblo donde había varios aserraderos. El cura arrastró el cadáver hasta la alcaldía, donde comenzó a hablar contra los madereros y la corrupción de las instituciones porque dice que esa imagen “me reventó ya el alma”.